Los pulpos tienen tres corazones porque su circulación reparte el trabajo entre las branquias y el resto del cuerpo. Dos impulsan la sangre hacia los órganos que captan oxígeno; el tercero la distribuye por los tejidos. Y la sangre azul se debe a la hemocianina, una proteína que utiliza cobre.

Qué hace cada uno de los tres corazones

Según la explicación del Museo de Historia Natural de Londres y del Smithsonian, los dos corazones branquiales envían sangre a las branquias. Allí incorpora oxígeno del agua. El corazón sistémico se encarga de impulsarla hacia el cuerpo, donde ese oxígeno participa en el funcionamiento de músculos y órganos.

La palabra «tres» puede sugerir tres motores idénticos funcionando como repuestos, pero esa imagen confunde. Son partes de un mismo circuito con tareas distintas. Para visualizarlo, piensa en dos estaciones que preparan un suministro y en una tercera que lo reparte. La comparación ayuda a recordar la distribución, aunque un organismo es mucho más complejo que una red de tuberías.

Por qué la sangre del pulpo es azul

En nuestra sangre, la hemoglobina contiene hierro y transporta oxígeno. En los pulpos, ese papel corresponde a la hemocianina, que contiene cobre y adquiere una tonalidad azul cuando está oxigenada. El nombre no describe un tinte añadido: habla de una diferencia en la química del transporte.

Conviene separar dos preguntas que suelen aparecer juntas. Tener sangre azul no significa poseer tres corazones por definición, ni el número de corazones determina el color. La circulación y la proteína transportadora son características relacionadas con su biología, pero requieren explicaciones diferentes.

¿También tienen nueve cerebros?

El Museo de Historia Natural describe un sistema nervioso con un cerebro central y abundantes neuronas en los brazos. Esa distribución permite que los brazos procesen información y coordinen ciertas acciones de forma local. De ahí nace la popular expresión «nueve cerebros».

Tomarla literalmente lleva a imaginar nueve animales independientes dentro de uno. Es más preciso hablar de un sistema nervioso distribuido: el control central y el procesamiento de los brazos trabajan juntos. Lo fascinante es cómo se reparte la información, no una competición por acumular cerebros.

Cómo observar un pulpo con otras preguntas

En una imagen de un acuario podemos fijarnos en el contacto de los brazos con la roca, la posición del cuerpo y la textura visible. La foto no permite contar corazones ni identificar la proteína de la sangre. Para esas preguntas necesitamos anatomía y estudios, no deducirlo todo a partir del aspecto externo.

Pulpo común entre rocas bajo el agua
Pulpo común en su entorno marino. Crédito: Diego Delso, delso.photo · CC BY-SA 4.0.

El recorrido completo del oxígeno, paso a paso

La división entre corazones se entiende mejor si seguimos el viaje del oxígeno. Primero está disuelto en el agua que llega a las branquias. Después pasa al sistema circulatorio y se transporta hacia los tejidos. Finalmente, las células lo utilizan en procesos que permiten obtener energía. Los corazones impulsan la sangre, pero no crean el oxígeno ni realizan por sí solos todo ese intercambio.

En ese recorrido intervienen una superficie respiratoria, una proteína transportadora y una fuerza de bombeo. Podemos distinguirlos con tres preguntas: ¿dónde se recoge el oxígeno?, ¿cómo se lleva de un lugar a otro?, ¿qué mantiene en movimiento el fluido? Es una forma de comprender el sistema sin atribuir cada función a un único órgano.

El tercer corazón tampoco convierte a los otros dos en un seguro contra cualquier lesión. Una red con varios componentes especializados necesita que las conexiones funcionen. Contar piezas describe la anatomía; para evaluar la resistencia del animal habría que estudiar el conjunto y las condiciones en las que trabaja.

Un cuerpo blando necesita otro tipo de control

Los pulpos son moluscos, aunque su aspecto resulte muy diferente del de una almeja. El estudio del genoma de Octopus bimaculoides, publicado en Nature en 2015, relaciona su organización con novedades en sistemas nerviosos y estructuras corporales. Sus brazos flexibles y sus ventosas ofrecen un ejemplo especialmente visible de esa complejidad.

Un brazo puede curvarse, alargarse y entrar en contacto con superficies irregulares. Controlar esa variedad de posiciones plantea un problema distinto del de mover una articulación rígida. El interés no está únicamente en cuántas neuronas tiene el animal, sino en cómo se conecta la información sensorial con las acciones necesarias para desplazarse y manipular objetos.

La comparación con nuestro brazo ayuda si también reconocemos su límite. Podemos señalar codo, muñeca y dedos en una estructura con huesos; no deberíamos buscar una correspondencia idéntica en cada tramo de un brazo de pulpo. Son soluciones anatómicas diferentes a tareas parcialmente compartidas.

Brazos y ventosas de un pulpo sobre el cristal de un acuario
Las ventosas recubren la cara inferior de los brazos. Crédito: Betty Wills (Atsme) · CC BY-SA 4.0 (DE).

Las ventosas hacen más que sujetar

El mismo trabajo genómico describe ventosas con funciones táctiles y quimiosensoriales. Al entrar en contacto con el entorno, aportan información además de contribuir al agarre. Esa combinación conecta exploración y movimiento: el punto que toca un objeto puede participar en la decisión de cómo sujetarlo.

Un estudio de Nature Communications sobre la segmentación neuronal de los brazos, publicado en 2025, investigó la organización de sus cordones nerviosos. Encontró una estructura interna que relaciona territorios y conexiones con el control de brazos y ventosas. La distribución local permite estudiar mecanismos concretos, en lugar de resumirlo todo con la expresión «cerebros extra».

Para imaginar el reparto de trabajo, pensemos en un equipo que tiene un objetivo común y miembros con información de su entorno inmediato. El ejemplo sirve para explicar coordinación, pero no afirma que cada ventosa tenga intenciones o que cada brazo tome decisiones equivalentes a las de una persona.

Camuflaje: color, textura y contexto

La investigación genómica de cefalópodos también estudia sistemas que permiten cambios rápidos de apariencia. Los cromatóforos intervienen en la coloración y están bajo control nervioso. En ciertas especies, otras estructuras de la piel contribuyen a modificar la textura. Cambiar el aspecto implica coordinar elementos distintos, no seleccionar un color de forma aislada.

Un trabajo de Nature Communications de 2022 analizó reorganizaciones del genoma y de la regulación de genes en cefalópodos. La investigación ilustra cómo una característica visible puede estudiarse a varias escalas: el comportamiento que observamos, los tejidos que lo permiten y los mecanismos que participan en su desarrollo.

Esto no significa que podamos deducir el genoma de un pulpo a partir de una foto. Tampoco cualquier cambio de color identifica por sí solo una emoción. La iluminación, el fondo y la especie forman parte del contexto necesario para describir lo observado.

Tres preguntas que evitan conclusiones precipitadas

Al encontrar una curiosidad sobre pulpos, conviene comprobar primero a qué especie se refiere. Un experimento realizado con una especie no se traslada automáticamente a todas. Después hay que distinguir anatomía y comportamiento: contar órganos y observar una acción ofrecen datos diferentes. Por último, interesa saber qué se midió realmente.

«El brazo procesó una señal local» es una afirmación mucho más específica que «el brazo pensó por su cuenta». La segunda puede resultar llamativa, pero introduce una interpretación que necesita pruebas adicionales. Lo mismo sucede al convertir tres corazones en una supuesta superioridad general respecto a otros animales.

La respuesta a la pregunta inicial sigue siendo concreta: dos corazones trabajan en relación con las branquias y otro distribuye la sangre hacia el cuerpo. A partir de ahí, la biología del pulpo ofrece nuevas preguntas sobre información, movimiento y adaptación. Comprender cada mecanismo aporta más que acumular cifras sorprendentes sin explicar cómo encajan.

Si te interesan otras adaptaciones sorprendentes, continúa con la regeneración del ajolote o con el origen del color rosa de los flamencos.

Fuentes y lecturas

Actualizado el 12 de octubre de 2026.

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